Todos los días escribía. No sabia por qué ni para qué. Escribia acerca de todo y de nada. De si mismo y de los demas. De Dios y del diablo, de Mozart y de Bethoven, del fuego y del cielo, del amor y del odio, del puño y de las lagrimas, de blanco y de negro.
Su trabajo le permitía dedicarse a eso, en realidad su puesto consistía practicamente en estar ahí, y eso era todo. no tenía mayores ilusiones, no porque en realidad no las tuviera, sino porque ya no creía en ellas. A sus 35 años, sabía que lo que no había hecho ya no lo podía hacer, pero bueno, a nadie le importaba.
Una vez escribió un cuento, era acerca de un hombre que escribía cuentos, que vivía en sus cuentos, y que se las ideó para vivir en ellos. Que era mejor soñar con eso mundos fantásticos, que vivir en sus horribles realidades. Fue felíz ese dia. Mientras escribía, pasaban por su mente miles de recuerdos, como aquella vez que empezó a escribir. Se trato de un descripción a medias de su trabajo, y sonreía porque nunca llegó a pensar, que de ese gris y triste lugar, salieran tan bonitas historias, sí bonitas.
En alguna ocasión se puso a hacer cuentas, determinó que si el promedio de vida del hombre en su país era de 70 años, le quedaban la mitad, lo que fue por un instante un pensamiento revitalizador, y que le hizo pensar que aun le quedaban oportunidades. Decidió publicar algunos de sus cuentos y manuscritos, pero uno a uno fueron rechazados. Cuando llegó a su casa, se sentó y se puso a llorar, no a pensar, a llorar. Las lagrimas escurrían por todo su cuerpo, y decidió en ese momento ahorrarse 35 años de si mismo. Antes de hacerlo decidió escribir un cuento, pues pensó que al morir reencarnaria en uno de ellos, y lo escribió tan bien como pudo, puso el último punto y al despertarse se vio a si mismo dentro de un espejo. Fin
miércoles, 26 de noviembre de 2008
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